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EL HALLAZGO


Posted on August 22nd, by admin in Leyendas del Litoral. No Comments

El niño tenía el rostro contraído por el miedo, y la mirada inevitablemente inmersa en el gesto de siniestra brutalidad del Cacique al frente de una indiada aullante.
Mientras, rugientes oleadas de fuego se ensañaban con el desprevenido caserío de Yaguarón.
Durante un lapso irreal y eterno el pequeño quedó inmovilizado y aturdido por el golpe asestado, en tanto su retina se deslumbraba con las vertiginosas escenas de sangre y horror. El dolor casi lo cegaba, pero aún así alcanzó a ver, entre el resplandor de las llamas, cuando la Imagen era arrebatada de su santuario de piedra.
También sus padres habían desaparecido.
Después…después el silencio cavernoso que olía a muerte y desolación y la búsqueda infructuosa de sus seres queridos en esa noche interminable de tinieblas, hasta que la inconciencia lo avasalló finalmente.
La bruma se agitó silenciosa en el río, mientras la espuma burbujeaba atropellándose en una sempitierna carrera hacia la orilla. Pero más allá, se destacaba un a frágil embarcación, que más semejaba un brioso corcel desafiando el caprichoso oleaje, sin embargo los niños que la conducían eran hábiles en el manejo, además no les quedaba otra alternativa más que remontar el Paraná, ya que la pesca en el arroyo era escasa. La piragua se deslizaba veloz, tomando por un recodo del profundo río hasta las inmediaciones de la Calería, frente a la llamada Isla Verde.
Al principio fue un resplandor inusitado proveniente de las piedras de la costa, y tuvieron miedo. No obstante se acercaron cautelosos y vieron lo que era. Entonces sobrevino el asombro ante el descubrimiento.
La Imagen de la Virgen resplandecía al sol, hermosa e inerme.. Los indiecitos la observaron reverenciosos pero no la tocaron. No se atrevían a dar semejante paso, así que optaron por correr hasta donde se hallaba su Padre, el indio José, a quien dieron cuenta del insólito hallazgo.
Fray Luis Gómez, que estaba frente de la reducción, dispuso entonces el traslado de la Imagen a Yaguarí, su antigua sede.
El hombre caminaba trabajosamente bajo un sol primitivo que encendía los campos. Tenía el porte abatido de alguien que soportaba el peso de muchos sufrimientos acumulados desde hacía largo tiempo, y una fea cicatriz zigzagueaba en su rostro moreno de indio. Un rostro todavía joven, pero que ya llevaba impreso el sello del desamor y la incomprensión de su gente.
Se dirigía al río con paso obstinado, mientras su mente volvía a recrear con dolor aquella noche trágica en la que había perdido a sus padres. Pero ya no habrían más días vacíos ni esa ostensible discriminación por parte de los suyos. No más penurias. No más rechazos. No más las actitudes recelosas por esa empeñosa lucha para demostrar su igualdad con los demás. Y lo haría silenciosamente. Solitariamente, como todos sus actos.
Se sumergió en el lecho acuoso, profundo y oscuro, pero lo hizo con lento abandono, en una suerte de malsano disfrute.
Aunque, contra su voluntad, no logró su cometido. Su cuerpo no se hundía. Abrió los ojos contrariado y su mirada se deslumbró con las oleadas de luz provinentes de entre las piedras de la orilla.
Entonces supo que ya no deseaba morir.
Se acercó al lugar medio enceguecido por el resplandor y vio la santa Imagen. La misma que viera esa noche cuando era arrebatada por manos profanas.
Ignoraba por qué extraña circunstancia estaba Ella otra vez en ese mismo lugar. Radiante como una estrella solitaria que esperaba en esa Punta de Piedra.
Tal vez allí fuera su lugar. Junto a ese río de aguas frescas y rumorosas, razonó el indio, dentro de las limitaciones que le imponía su natural simpleza, al tiempo que se acercaba a la Imagen. Pero su actitud toda denotaba un sentimiento de vergüenza por el intento que había obnibulado su entendimiento un momento antes. De pronto se sintió en deuda con la vida. Desperdiciada en resentimientos, aislamiento y soledades, y fue cuando sus pies se negaron a seguir avanzando. Entonces cayó de rodillas y lloró. Pero era un llanto manso de entrega total. Un llanto contenido desde antes y que se había extraviado su razón a lo largo de un tiempo sin memoria.
Esa tarde, en la que el sol se apagaba en el río, la brisa vagabunda despertó a la fronda adormecida, enjugó tiernamente las lágrimas de un hijo y se llevó la sonrisa blanca de una amorosa Madre.

AUTOR: OLGA PIÑEYRO DE PIÑEIRO-JULIO 2002





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