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IRUPÉ


Posted on August 22nd, by admin in Leyendas del Litoral. No Comments

Mansiones verdes, húmedas, frescas.
Altas bóvedas flexibles de follaje murmurante donde la luz se quiebra en iridiscentes destellos.
Aparente quietud tejida de silencios, de reclamos, de urgencias. De vida que palpita, crece, se agota y renace en infinitos ciclos.
Y allí, en sus dominios, Curupí, velando desde siempre.
Siesta.
Aña se aburría en su holganza.
Fueron las voces las que sacudieron su sopor. Llegaban desde el río.
Se incorporó intrigado y se asomó por detrás de una palmera, entonces vio que eran doncellas y jóvenes guerreros de la tribu. Reían y jugaban despreocupados. La más hermosa y blanca, Morotí, llamó particularmente su atención, quién era asediada amorosamente por Pitá, el apuesto guerrero hijo del cacique. Era indudable, se amaban.
Añá aguzó el oído y escuchó algunos fragmentos de la conversación que habían iniciado los jóvenes. Escuchó claramente la voz de Pitá implorando enardecido el amor de la doncella, y se molestó cuando el rubor en las mejillas de Morotí delataba su turbación. Morití coqueteaba deliberadamente, y esa actitud acrecentó su fastidio.
La muchacha solo guardaba silencio, mientras el doncel proseguía ofrendándole diademas de estrellas y días gloriosos de pasión. Tanto amor avivó en la joven un sentimiento de soberbia y poder. Levantó los ojos hacia Pitá y su mirada lo envolvió en dulces promesas. El silencio se saturó de amor. El mundo desapareció y surgió un mundo nuevo habitado únicamente por ellos dos.
Añá se sintió sacudido por la escena, que consideró intolerante y repulsiva pero opto por esperar. Tenía toda la eternidad a su favor. Sin duda una ventaja sobre los mortales, de modo que cuando lo creyó oportuno, deslizó en el oído de Morotí un pensamiento mezquino, acicateó así la vanidad de la joven, que se sobresaltó cuando un hálito helado y maligno la inundó. Pero fue solo un momento después su voz se alzó retadora:-¿Quieren ser testigos de lo que es capaz de hacer por mí un valiente guerrero?- dijo ante sus amigos. Sus labios insinuaron una seductora sonrisa y acto seguido, sin esperar respuesta alguna, se desprendió de uno de sus brazaletes y lo arrojó cuan lejos pudo a las profundas aguas del Paraná.
Morotí permanecía en la orilla, con la mirada detenida en su joven enamorado. Los ojos despidiendo dorados destellos y Pitá deslumbrado, como muda réplica tensó los músculos de su cuerpo de nadador experto, dibujó con gracia una curva en el agua y se zambulló en las aguas donde estallaron gotitas en luminosos racimos.
Todos festejaron el desafío y descontaron el pronto regreso.
Pero Pitá no volvió.
Una nube oscura ocultó momentáneamente el sol anticipando un presagio. Después Cuarajhí reapareció esplendoroso. Amarillo su cuerpo desde sus entrañas. Amarillo sus cabellos. Amarillo su aliento, su mirada. Y sus alas, como un enjambre de radiantes abejas.
Todo el amarillo y oro.
Refulgente y bruñido, con un dosel de pájaros a su alrededor. Se abandonó con voluptuosa indolencias en el blando lecho de agua que le ofrecía el Paraná. Y allí se sumergió, hasta que el último destello se perdió en la tarde.
También las risas y los juegos y las esperanzas se fueron desvaneciendo en algún lugar de ignota incertidumbre.
No más estrellas en los ojos de Morotí. Una a una fueron sucumbiendo al ácido aguijón del arrepentimiento.
Cundió la desolación en la tribu y hubo lamentos y confusión y gritos de dolor en esa noche sin orillas. Entonces el Arandñú Payé el más anciano de la tribu, encendió una fogata para invocar a los espíritus buenos y alejar a los malos, y de las llamas surgieron extrañas imágenes.
Pitá se hallaba en las profundidades del Paraná. Pero no estaba muerto. Yacía en los brazos de Ï Cuñá Payé, deslumbrado por su belleza y preso del encantamiento de la Hechicera de las Aguas. Se lo veía ricamente ataviado, en uno de los salones del Palacio de aguas Fulgurantes, en el que hacían guardia aguerridos peces escamados en oro y plata. En tanto Pitá y la bella Hechicera eran atendidos por un séquito de encantadoras doncellas de piel nacarada y cabelleras como guirnaldas ondulantes. El apuesto doncel, adormecidos los sentidos, los sentimientos y la voluntad, permanecía como suspendido en ese lugar en que el tiempo se había extraviado en el tiempo y la muerte no era muerte. Allí se encontraba. Inerme. Cautiva su mirada de los ojos hambrientos de la Hechicera. Ojos insondables. Ojos de sabiduría pretérita y de antelaciones futuras.-
Ante esa visión inquietante y reveladora que ondeaba en las llamas, el Brujo sentenció con su voz profunda y cascada-¡Pitá, como los otros jóvenes, no volverá!-
El nefasto descubrimiento enmudeció las lenguas en la saliva congelada y solo se escuchó el jadeo resquebrajado del follaje y el aullido de las bestias en la lejanía. Después la voz del viento se levantó gimiendo.
La gente cruzaba miradas intrigadas y temerosas, mientras el Hechicero elevaba una profecía en ondas vibrantes:- Solo un amor tan puro como la lluvia y grande como la muerte, habrá de salvar a Pitá del encantamiento de Ï Cuñá Payé.
Después giró la cabeza y sus ojillos viejos y sabios quedaron fijos en Morotí, al tiempo que un murmullo oscuro fue desgranando cada palabra: Morotí, solo tú. Pero será una prueba dolorosa y terrible. Hay fuerzas ignotas y tremendas a las que tendrás que enfrentar con el escudo de tu amor. No existe entre los mortales otra tan poderosa.
La doncella escuchó las predicciones con labios enmudecidos y trémulos, pero ya su corazón había sellado una promesa.
Todos se habían retirado. Únicamente la joven permanecía ensimismada contemplando con ojos ausentes lo que ya no era más que un puñado de agonizantes cenizas.
Soledad. Oscuridad. Silencio.
La noche. El monte. El río más allá.
Un mundo vegetal, aromado y cálido la rodeaba. Y ella, como una sonámbula de ojos muertos, ignoraba los racimos de estrellas que rodaban por los ramajes húmedos de la floresta.
Ojos muertos de sonámbula. Ojos sin párpados. Ojos vacíos de sueño.
Solo buscar. Andar, empapándose de sombras. Solo correr por los intrincados senderos del monte entre dioses-lapachos, dioses-jacarandaes, dioses-ceibos,
De ramas enjoyadas con flores tan enigmáticas como su incierto destino.
Andar, correr, correr.
Pies, esquivando las piedras y las espinas, entre apagados astros, más allá de las oscuridades ponzoñosas.
Tum – Tum – Tum..
Tamborilean los talones en la tierra de los senderos.
Crish –crish- crish.
Cuchichea la hojarrasca desmenuzada bajo los pasos.
Pasos –Tum –pasos –crish- pasos…
Se mueven los pies febriles en una danza alucinada como en sueños, sin nunca avanzar, sin nunca llegar…
Ojos sin párpados. Ojos sin sueño. Saliva de yesca y el aliento ardiente de loca ansiedad.
Y Aña velando la noche.
Añá susurrando ideas torturadoras a las doncellas errantes.
…y si Pitá ya no me amara… y si ya me olvidó en brazos de Ï Cuña Payé…y si mi búsqueda fuera vana…y si mi amor…amor.
La luz del mediodía de diamantes. Luz viva. Luz quemante y fría. Luz desnuda y misteriosa destelló en algún lugar como una respuesta imperiosa a la invocación de esa palabra.
Amor.
Añá se erizó y el ritmo de la respiración vegetal se agitó. Y el monte escondió sus uñas en un miedo primitivo.
Amor.
Otra vez esa maldita palabra persiguiéndolo desde el fondo de los siglos. Otra vez lo enfrentaba desafiándolo, y ahora lo hacía desde el corazón encendido, ciego y loco de una doncella india.
Los ojos secos, sin párpados, sin sueño. Escrutaron el cielo hermético buscando amparo en los astros, pero solo recibió el contacto frío del rocío lunar.
Entonces Morotí invocó al Paraná, poderoso y salvaje.
“Magnánimo Padre de las Aguas,
Dibujador de paisajes,
Cautivador de soles y lunas,
Libador insaciable de lluvias rubias.
Magnánimo Padre de las Aguas,
Atesorador de riquezas en tu vientre tibio y dulce,
Paraná, Padre dador de vida,
Devuélveme a Pitá.
Muéstrame el camino.
Arrópame en tu regazo líquido, que me aferraré a tu burbujeante cabellera de espuma y camalotes para llegar hasta mi amado.
Magnánimo Padre, concédeme esta última gracia, porque si así no fuera continuare muriendo por siglos…”
Añá se retorció en una agonía de dolor.
Morotí, en el límite de sus fuerzas, cayó de rodillas abatida por el peso de la culpa. Fue cuando surgió una voz de imperioso acento. Una voz que rasgó las sombras y se hizo luz en sus sentidos.
“Levántate muchacha y no te detengas,
Porque eso te lastima y te quebrantas.
Esa hoguera que seca tus carnes y carcome tus entrañas.
Eso que estruja tu corazón y lo desangra.
Eso que enloquece tu pulso y te hace esclava, y diosa, sombra y estrella, es solo amor”:_
Amor, amor, amor… cantaron el monte, el cielo. El río y la luna refulgió en lo alto.
Añá se sintió inundado por una sensación humillante de impotencia. Sus facciones se distorsionaron en una mueca obscena y por la rendija de sus ojos se filtró un destello maligno.
La brisa se estremeció silente en el agua, mientras los oídos de la joven india recogieron el eco de la voz amada en un llamado lejano.
Morotí se incorporó impulsada por secretas fuerzas llegó hasta la orilla y se sumergió en las aguas, hasta que su negra cabellera flotó en la superficie como un fúnebre manto.
Después…después el torbellino que arrastra y ese dejarse ir sin dolor, sin angustias ni recuerdos.
Cuarejhí resurgió esplendoroso, y cumpliendo un milenario rito, despertó las aves, las bestias y los árboles dormidos. Y su luz de oro descubrió en la floresta el rocío adamantino en ese amanecer.
La blanca brisa ahuyentó las fuerzas sombrías y un mainumbí descubrió una nueva flor que durante la noche había surgido de las profundidades del Paraná. El colibrí aleteó gozoso, se posó delicadamente sobre los blanquísimos pétalos y bebió del rojo corazón. Después se elevó en raudo vuelo hacia lo alto, y como esa mañana no encontró nada tan precioso en la Tierra, ofrendó a Tupac esta historia de amor.
Y Tupá complacido, la escuchó.

AUTORA: OLGA PIÑEYRO DE PIÑEIRO





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