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KUANIP, EL HERROR


Posted on August 22nd, by admin in Leyendas del Litoral. No Comments

SL NACIMIENTO DE KÚANIP
Entre los onas no existe nada más renombrado que KIuánip, cazador extraordinario, insaciable amante, luchador astuto y valeroso y dueño de poderes extraordinarios.
Era hijo de Hais, un gran hechicero del norte, y de su hija Akélwoim, quienes concibieron involuntariamente, debido a la trampa que les tendió el malvado gigante Chasquels. Y dicen que Kuánip no se hubiera convertido en un héroe sino fuera porque en su filiación se conservó la pureza de la sangre de Hais, a la vez su padre y su abuelo.
Resulta que Hais se enamoró de Hosne, la hermosa hija de Chásquels. Pero este no quería por yerno a un hombre viril tan descomunal como ostentaba el hechicero. Hosne, en cambio, sentía afecto por Hais y accedió a encontrarse con él en el bosque pese a que su padre se lo había prohibido.
Las citas se repitieron varias veces y un día Chasquels descubrió a los amantes. Aunque se puso furioso, disimuló sus sentimientos para preparar la trampa con que se vengaría de Hais.
Siguiendo su plan, el gigante convenció a Akélwoim, con no se sabe que astuto argumento, de que se acostara en la espesura, en el mismo sitio en que la joven solía retozar con Hais.
Ese atardecer, este llegó al lugar lleno de impetuosa pasión y, sin darse cuenta de que se trataba de su propia hija, se echó sobre la muchacha y engendró en ella a Kuánip..
Después del nacimiento, Akèlwpim fue convertido en montaña y6 puede vérsela todavía, sobresaliendo sobre todas las que rodean el lago Khami, Max tarde llamado Fagnano.
KUANIP Y LOS GUANACOS
Dicen que Kuánip tenía la facultad de apoderarse de cualquier animal, por más lejos que estuviera, solo con extender el brazo. Naturalmente, tenía muchos más guanacos que ningún otro y recorría incansablemente la zona del cabo San Pablo arreando con sus perros los rebaños interminables de su propiedad.
Pese a ser tan rico, guardaba toda la carne para su familia. Cuando los guanacos se terminaban, se iba un tiempo al Norte y volvía trayendo nuevos animales, de modo que los suyos nunca pasaban hambre ni tenían necesidad de salir a cazar.
Era tan egoísta que ni siquiera daba de comer a sus sobrinos, los Sasan, a los que decía querer mucho. Una vez, uno de ellos cazó un guanaco del rebaño de Kuánio, pero este lo descubrió y se lo quitó advirtiéndole que le perdonaba la vida solo porque se trataba de su sobrino. En otra oportunidad, la madre de los Sasan se acercó a Kuánip para pedirle una flecha que permitiera a sus hijos salir a procurarse el alimento .Kuánip dijo que sí y entregó la flecha a la mujer pero sin punta.
Un día, un guanaco hizo caer e uno de los hijos de Kuánip y este, enojadísimo, quemó alo animal con un tizón. El pobre guanaco, muy dolorido, saltó el cerco que Kuánip había contraído cerca del cabo Santa Inés y se escapó hacia el bosque. Allí se encontró con el zorro, qué le preguntó que eran esas marcas rojizas y a que se debían sus pelos chamuscados. Cuando oyó la explicación del guanaco soltó una carcajada y le dijo:
-¡Si serán zonzos ustedes los guanacos, que se dejan encerrar y matar para que el hombre coma!
Entonces el guanaco lastimado comprendió que el zorro tenía razón y nunca volvió a formar parte de ningún rebaño.
KUANIP Y SUS DOS M UJERES
Dicen que Kuánip heredó de su padre un apetito sexual incontrolable. Le bastaba con ver una mujer para desearla, y si podía poseerla desde lejos gracias a su pene gigantesco. Cuentan que a menudo se lo veía en la playa mientras las muchachas capturaban los peces varados entre las rocas; entonces se acercaba a alguna por detrás y la penetraba sin su consentimiento. Los onas no aprobaban su conducta pero ¿quién podría oponerse a Kuánio?
Un día el héroe se enamoró de Kokerche y quiso casarse con ella. Pero la joven era muy tímida y se negaba a la unión mientras el Sol permaneciera en el cielo, porque tenía vergüenza de la mirada de Krren. Entonces Kuánip recurrió a sus poderes y logró que la Luna atrajera al Sol hasta hacerlo desaparecer en el horizonte, y así fue como Kokerche accedió a ser su esposa.
Durante un tiempo Kuánio y Kokerche fueron muy felices, pero más tarde la lujuria de Kuánip lo hizo desear una mujer más joven y se fijó en la hermana de su esposa, la delicada Oklta. Pero Ocvhrichen, el hermano de las dos mujeres se opuso a estos amores. Entonces Kuánip, exaltado por el deseo y furioso con su cuñado apeló nuevamente a sus poderes: convirtió a Ochrichen en lechuza nocturna y lo condenó a vivir escondido entre los árboles, sin ver el sol y alimentándose de insectos y ratones.
Su mala acción le acarreó el rechazo de Oklta, que comenzó a odiarlo. Pero Kuánip no aceptaba que nadie contrariara sus deseos, y forzó a la muchacha a satisfacerlo. Pese a todo, ella seguía eludiéndolo, lo cual enojaba mucho a Kuánip quien en un arranque de furia, la maldijo:
-¡Por no quererme, perderás tu hermosura! ¡Serás fea! ¡Volarás como los pájaros pero no tendrás bellas plumas!¡Saldrás solo de noche y el que te vea enfermará y morirá!¡Todos te tendrán miedo!- Y así diciendo transformó a Oklta en un murciélago, ese animal extraño, mensajero del mal.
Sin embargo, la desgracia de la joven no duró demasiado: otro héroe ona se compadeció de ella y la convirtió en una hermosa cascada que arrastró mucho tiempo la nieve de las cumbres, hasta que le llegara la hora de partir hacia el Cielo.
LA PELEA ENTRE KUANIP Y SU HERMANO CHENUK
Kuánio tenía un hermano llamado Chénuk, que vivía en el sur y era casi tan poderoso como él.
Una tarde Chenúk ,mientras recorría las regiones de Kuiánip, ideó un plan para perjudicarlo. Recurriendo a sus poderes, atrajo hacia la playa una enorme bandada de cormoranes, que se paseaban mansos y confiados como si estuvieran amaestrados.
Kuánip, que se acercaba, no quiso desperdiciar la oportunidad de capturar algunos, y comenzó a bajar por la escarpada barranca, al pie de la cual anidaban las aves.
Entonces Chénuk se ubicó en lo alto del acantilado, observando cómo Kuánip hacia equilibrio para acercarse a los dóciles cormoranes. Desde allí le arrojó un piedrazo que hizo perder pie; a ese primer ataque le siguió una continua lluvia de guijarros que amenazaban con sepultar al cazador caído.
Pero Kuánip era muy fuerte y, aunque lastimado, pudo levanta rse. Así descubrió quién era se enemigo.
Entre maldiciones y amenazas, planeó su venganza. Sabiendo que su hermano lo seguía, se dirigió a una zona pantanosa, donde era muy difícil orientarse, sobre todo a esa hora, cuando caía la noche.
De este modo logró que Chénuk comenzara a caminar por un terreno helado y resbaladizo que él se preocupó por eludir.
En ese momento, cuando el robusto Chénuk avanzaba sobre la capa más delgada de hielo, Kuánip empezó a tirarle piedras del mismo modo que antes había hecho su hermano.
El hielo se partió, Chénuk resbaló y se sintió perdido. Desesperado, gritaba y lloraba agitando los brazos. Aleteando como un ave, fijaba la vista en el oeste mientras su cuerpo se iba hundiendo en el agua helada. Mientras tanto Kuánip, sin compasión alguna se reía de su victoria.
Entonces ocurrió el milagro: chénuk consiguió volar y subió al cielo, donde se convirtió en estrella.
LA CONQUISTA DE SHILA
Otra vez Kuánip se enamoró de Shila, una hermosa muchacha del Norte que vivía con su padre un haruwen ubicado cerca del lago. Kahmi. Como Shila tenía muchos pretendientes, su padre pidió consejo a los ancianos del clan acerca de a quién debía aceptar como yerno, los ancianos resolvieron que todos los candidatos debían someterse a una prueba.
Pero solo dos pretendientes se mostraron dispuestos a competir. Uno era Silcha, un buen hombre que era el amor secreto de la joven, y otro era Kuánip.
A Shila le horrorizaba la posibilidad de tener que unirse a un marido tan peleador, vicioso y ganado por la lujuria. Por momentos confiaba en que Silcha podría salir victorioso, pero de todos modos pasaba sus días angustiada y llena de temor por el futuro.
Llegó la mañana del torneo, que consistía en una cacería con arco y flecha a través de cotos establecidos previamente por los ancianos. Quien obtuviera mejores presas sería el vencedor.
Hábil y perseverante, Siolcha logró un buen número de animales que trozó de inmediato para llevar las partes más apetitosas al campamento.
Pero Kuánip, que confiaba demasiado en sus poderes, se despreocupó y no tuvo tanto éxito. Entonces reunió a un grupo de hombres de confianza y juntos esperaron a Silcha en el camino.
Cuando el cazador llegó hasta ellos, lo desmayaron de un piedrazo, lo apalearon y, dándolo por muerto, arrojaron su cuerpo por un barranco que daba al lago. Después se apropiaron del botín con el que llegaron hasta el lugar donde se había reunido el jurado.
Todos homenajearon a Kuánip y le pusieron el alto gorro de guanaco en reconocimiento de su gran habilidad como cazador. Shila, por su parte, se vio obligada a aceptarlo, aunque nunca aceptó la versión de que Silcha uniera muerto.
Un día, tiempo después, la hechicera Kuántechy fue llamada para curar a una mujer de otro clan, que estaba muy enferma. Esta le contó que el día del torneo había presenciado la emboscada y que después del ataque había socorrido a Silcha, que estaba muy lastimado. También dijo que unos hombres blancos se lo habían llevado, prometiendo cuidarlo hasta que se recuperara.
Cuando Kuántach volvió a su haruwen le contó todo a Shila. Esta, aunque estaba muy afligida, no podía rechazar a Kuánip porque ya estaba esperando un hijo de él. Pero cuando llegó el invierno en una noche muy fría, Shila dejó su toldo sigilosamente. Desnudó su agraciada figura de madre en ciernes y se fue caminando a paso lento por la gruesa capa de nieve.
Cuando la gente del clan advirtió su ausencia salió a buscarla, pero la nevada había cubierto sus pisadas. Nunca más se supo de ella y todos concluyeron que habría sido sepultada por la nieve.
Poco después volvió Silchas, ya sano y dispuesto a recuperar lo que le correspondía. Al conocer la noticia se desesperó e inmediatamente salió a buscar a su amada. Recorrió las montañas y las planicies desde Kox hasta Khami, pero no obtuvo resultado alguno. Una y otra vez volvía al campamento en busca de noticias y los rumores lo enviaron hacia rumbos diversos, pero siempre se trataba de pistas falsas. En ese trajín sus fuerzas se fueron agotando y su cuerpo adelgazando hasta desvanecerse, convertido en un nuevo viento que siempre siguió soplando sobre su amada nieve, acariciándola al pasar.
KUANIP Y EL GIGANTE
En los tiempos de Kuànip vivía en Tierra del Fuego un perverso gigante llamado Chasquels.
Era ran alto que su cabeza sobresalía por encima de los robles y las lengas, y todos los onas tenían miedo de su fuerza extraordinaria.
Chadquels vivía a orillas del río que más tarde se llamó Mac Lennan, en una quebrada que había tomado como choza. Hasta allí llevaba los cadáveres de los hombres, mujeres y niños que mataba para alimentarse, cuyos huesos dejaba dispersos en los alrededores (dicen que hoy todavía puede vérselos convertidos en piedras abandonadas en el campo aquí y allá).
El gigante pasaba sus días recorriendo la isla, escogiendo sus víctimas. Por eso los onas nunca estaban tranquilos y permanecían vigilantes cuando salían de cacería por los bosques o a marisquear en la orilla del mar. Y si creían que su perseguidor andaba cerca se escondían en cuevas angostas donde el no pidiera introducir su corpachón.
Chásquels era un verdadero asesino. Cuentan que despellejaba los cadáveres y con esa piel se fabricaba un kóchel y una capa para protegerse de la lluvi8a. Así vestido emprendía sus excursiones aterrorizando a todos los que conocían el origen de su atuendo. Le daba un placer especial matar a las mujeres embarazadas, sobretodo cuando faltaba poco para el alumbramiento porque los nonatos y los recién nacidos eran su bocado preferido.
El gigante tenía distintas maneras de matar. A veces lo ayudaban sus perros, que había adiestrado especialmente para perseguir a la gente hasta hacerla caer agotada. En ese momento Chásquels se lanzaba sobre su presa y la ultimaba con crueldad, cuando no dejaba que los mismos animales se la comieran. Otras veces, una vez elegida la víctima desde la distancia le disparaba grandes piedras con su enorme honda de gran alcance. Luego se acercaba a recoger el cuerpo y la metía en una bolsa que llevaba detrás del kóchel, sobre la espalda. Entonces se iba a su choza, preparaba el fuego para el asado y se daba un buen banquete.
Hubo un tiempo en que Cháquels tuvo prisioneros a los hermanos Sasan, los sobrinos de Kuánip.
Los niños vivían como esclavos, cumpliendo con las espantosas tareas que el gigante les ordenaba. Ellos eran los encargados de juntar leña, mantener el fuego siempre encendido, trozar los cadáveres, quitarles las entrañas y cocinarlos.
Una vez que su amo estaba temporariamente saciado, no tenían más remedio que comer los repulsivos restos, sentados en medio de esa quebrada convertida en matadero, rodeados de despojos humanos y envueltos en el olor fétido de tantas vísceras descompuestas.
Como el gigante comía mucho, el trabajo era muy arduo. Además, si los Sasan no conseguían suficiente leña y el fuego se apagaba, Chasquels se enojaba muchísimo y los castigaba.
Cuando Kuánip se enteró de la situación de sus sobrinos, decidió rescatarlos. Se acercó secretamente a la morada de Chásquels y quedó horrorizado al ver los trozos de carne desparramados, los excrementos acumulados y al sentir la terrible hediondez del ambiente.
Con extremo disimulo para no ser advertido por Cháquels que estaba sentado junto al fuego, Kuánip se mostró ante sus sobrinos y les indicó por señas un sitio donde encontrarse apenas la situación lo permitiera.
En cuanto el gigante se levantó y se fue de cacería, los Sasan corrieron a reunirse con su tío que, oculto los esperaba. Con gran alivio, los niños siguieron a Kuánip hacia su tierra.
Cuando Chásquels volvió se sorprendió de que sus sirvientes no se presentaran, como siempre de inmediato, y comenzó a llamarlos con su gran vozarrón. Pero el silencio y las huellas que advirtió en el suelo le hicieron comprender que habían escapado.
Entonces furioso, comenzó a seguir el rastro de las pisadas que terminaba en el río.
Y es que Kuánip, al llegar a la orilla, había utilizado sus poderes para que las dos márgenes se juntaran de modo de poder sortear el obstáculo de un solo salto y luego había hecho que el río recobrara su anchura anterior.
Chásquels comenzó a vadear el curso confiadamente, pero Kuánip había dispuesto las cosas de modo que, cuando el gigante estaba a punto de llegar al otro lado, se encontró con que el lecho cercano a la orilla estaba tan cubierto de barro que le era imposible avanzar, ni tan siquiera conservar el equilibrio. A cada paso que daba, sus enormes pies se hundían e3n el suelo pringoso y resbaladizo, mientras veía a los fugitivos que, en terreno firme se burlaban de él.
Entonces Kuánip, que además de haber rescatado a sus sobrinos quería librar a los onas del gigante para siempre, aprovechó la primera caída de Cháquels para saltarle encima y ahogarlo. Se mantuvo un buen rato doblegándolo, hasta que el otro comenzó a pedir clemencia confiando en que Kuánip lo ayudaría a salir del trance. Pero este se burlaba de él preguntándole por qué no se enderezaba, a lo que Chásquels respondía gritando:
-¡No puedo me duele terriblemente la espalda!
-¡Te voy a calmar el dolor- repuso Kuánip- y apoyó su pie derecho en la columna vertebral del gigante.-
Como9 entre los onas esa era la forma común de aliviar el dolor de3 espalda, Cháquels creyendo que el vengador por fin se había apiadado y estaría por hacerle un masaje dijo:
-Sí apoya tu pie muy suavemente.-
Pero Kuánip hizo todo lo contrario. Con violencia y rapidez oprimió el centro de ese gran dorso, consiguiendo quebrarle la espina.
Chásquels lanzó un aullido atronador y se desplomó muerto, en el agua. Sin embargo Kuánip no estaba satisfecho y dijo a su sobrino menor que saltara sobre la enorme mole. Los pies del niño se convirtieron en cuchillos que se clavaron entre las costillas del ahogado. Luego los Sasan, ansiosos por vengarse de quien tanto los había oprimido, calzaron en sus hondas un par de piedras puntiagudas y apuntaron a los ojos del gigante. Dieron en el blanco con toda exactitud y las cuencas se vaciaron en el agua, que tomó un color verdoso, el mismo que hoy conserva. De cada uno de aquellos huecos salió entonces zumbando, un bichito que poco a poco tomó la forma de un tábano, que sigue gustando de las heces y la carne putrefacta. Luego dee3l ojo derecho surgió Zit-zit la mosquita y del izquierdo Doi-doi, el mosquito chupador de sangre.
Por fin, Kuánip pensó que su tarea estaba terminada, pero recordó que Chásquels tenía una hermana que vivía más al norte y que era tan malvada como él sabía que los onas no estarían tranquilos mientras ella viviera y organizó una expedición pasa eliminarla.
Con cinco compañeros, llegó a las tierras de la giganta y, cuando estaban cerca de su7 choza, hizo que una bandada de aves rodeara, piando y chillando en forma ensordecedora. La mujer, que estaba limpiando pieles de cadáveres, distraída por los pájaros no advirtió a Kuámnip y los suyos hasta que sintió como las flechas de sus enemigos se le clavaban..
Después Kuánip quiso que la isla quedara limpia de toda la suciedad sembrada por los dos hermanos malvados. Entonases provocó una gran inundación todas las costas se anegaron y muchos hombres tuvieron que convertirse en lobos marinos para no perecer.
Finalmente el aluvión pasó y las aguas bajaron llevándose con ellas la carroña y los excrementos, las huellas de la barbarie. Por eso los onas le perdonan a Kuánip sus malas acciones y su desmesura; le agradecen el haberlos librado de una amenaza tan terrible y el haber vuelto otra vez habitable la tierra fuegina.
EL FIN DE KUANIP
Como aún los héroes tienen que morir, llegó el día en que Kuánip se pintó de rojo todo el cuerpo y se elevó para el cielo para vivir en una estrella. Allí lo acompañan sus dos esposas sui madre Akélwoim. Los cuatro forman una cruz que los onas admiran por las noches, mientras cuentan las hazañas de su héroe favorito.

AUTORA: OLGA PIÑEYRO DE PIÑEIRO





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